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La edad de oro de los cuentistas

Grupo M | 10 enero, 2024

Vivimos en la sociedad del aplauso. Necesitamos el reconocimiento, pero el reconocimiento va dejando de tener que ver con el respeto profesional. El reconocimiento es más instantáneo que nunca y, claro, se termina confundiendo con alharacas. Ahora la palabra reconocimiento remite más al aluvión de likes que invita a pensar que lo estás petando, a la exclamación de ‘dilo, reina’ que te hace sentirte trascendente.Empieza a dar la sensación de que todo el rato hay que verbalizar, escribir o predicar frases que se puedan subrayar en fosforito. O no eres nadie. Lo vemos en los podcast, lo vemos en los tiktoks, lo vemos por demasiados lados. La caza de la anécdota constante abre una edad de oro de los neo-cuentistas, los referentes reales de la era de la viralidad. La verdad no importa, el eslogan está en el centro.Contraindicaciones de las nuevas formas de entretenimiento que, ojo, son formidables. Las ventanas de emisión nunca han dejado de evolucionar y, en la actualidad, las plataformas para contar historias en público son las más democráticas de la historia. Pero, también, se lanzan a diario más historias que nunca. Lo que nos ha arrastrado a una atención menguante debido a la impaciencia con la que devoramos la tromba de impactos recibidos a través de nuestro propio móvil en cada segundo. Estamos rodeados de gente queriendo seducirnos en sus vídeos. Aturdidos, entre tanta cosa, la telegenia efectista y el populismo obvio nos conquista. Lógico, las ideas van más despacio que las imágenes. Es más, las imágenes corren tanto que cuando quieres pensarlas ya estás en otra imagen. Como consecuencia, lo simple se expande al entenderse más fácil entre tanto estribillo que nos entretiene. Lo queremos todo ya mismo, picadito y con vehemencias cuanto más absolutas mejor. En cambio, las complejidades de la realidad requieren matices que no caben ni en un meme ni en un zasca ni en un tuit que ya ni se llama así.Antes, los medios tradicionales tenían el poder de jerarquizar. A veces con honestidad, otras con perversidad. Hoy son los algoritmos de Google, Meta y colegas los que dictan qué se promociona (y qué no) con una fórmula basada en el ingrediente maestro de la prisa. «Lo último» es lo crucial. Si no logras la ovación urgente, menos gente te encontrará en la viralidad. Terreno movedizo perfecto para los que indignan, para los que buscan la lágrima chusca, para los que calientan (en las múltiples variables de calentar). Estamos muy intensos pero poco profundos. Tenemos más información y, a la vez, continuamos siendo muy manipulables. Porque estamos aturdidos a la caza del aplauso que nos da la razón y nos estamos perdiendo la honestidad de las sonrisas cómplices. Esto último requiere un poquito más de tiempo.

Escrito por Grupo M




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