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El drama de celebrar un ‘zasca’

Grupo M | 11 septiembre, 2022

El lenguaje también va evolucionando en el rifirrafe de Twitter. Ya hemos incorporado el término ‘zasca‘ al diálogo diario. Con esta palabra, celebramos cuando alguien queda en evidencia. O creemos que queda en evidencia, pues a menudo el ‘zasca’ es humo que impide ver la realidad.

Aplaudir un error, festejar una contradicción al recuperar declaraciones antiguas (naturalizando el peliagudo pensamiento de que no se puede cambiar de opinión con los años) e incluso descontextulizar un suceso despojándolo de sus circunstancias… el simplista formato «vaya zasca» va normalizando el espectáculo del enfrentamiento. Como si fuera algo divertido. Como si fuera un extraño regocijo. Y así se va favoreciendo un adictivo clima de enfrentamiento constante que, también, se traslada al devenir del periodismo. Un artículo de divulgación en el que se destacan las virtudes de un logro, hallazgo o trayectoria profesional no interesa porque no es polémico. No tiene «zascas», sólo argumentos con su escala de matices. Hasta puede que una generación crecida en las vicisitudes del meme considere que es ‘peloteo’, acostumbrados a la bulla como único camino posible.

Y cuando se realiza una entrevista y no se rebate al entrevistado, desde las redes sociales, se juzga al periodista como que si hubiera ejercido mal su trabajo. «Blandengue, cómo no le has contradicho». De nuevo, el espectáculo del ‘zasca’ que puede hacer olvidar que el periodismo poco tiene que ver con jugar a la trinchera. Al contrario, es un ejercicio basado en aportar perspectiva después de escuchar atentamente.

La buena entrevista es la que atiende hasta conseguir una radiografía del entrevistado sin polemizar con él. No es un debate cara a cara. Eso es otro género. El entrevistador sagaz favorece ese clima que no necesita batallas dialécticas para que el invitado quede retratado en el ojo del espectador.

En la entrevista política, a menudo, sí es obligado incidir en un dato o repreguntar para que el político no se escabulla. Pero en la conversación a cualquier otra personalidad hurgar no conduce a demasiado. Simplemente pone a la defensiva al invitado, creándose un clima hostil que impedirá que se deje llevar para aportar experiencias y argumentos inspiradores.

Pero en las redes sociales los argumentos no siempre importan. El retuit se alimenta con esa polémica que cada vez necesita más gresca. El canibalismo del ‘zasca’ trae tales consecuencias. Toca elegir entre estar informados y cuestionarnos aquello que sucede o aplaudir ‘zascas’ con los que cerciorarnos que siempre llevamos la razón.


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Sara Sálamo: detrás de su «activismo»

Grupo M | 7 septiembre, 2022

Sara Sálamo es actriz, de larga experiencia en cine y televisión. Sin embargo, cuando se describe su profesión, junto a intérprete, se suele añadir que es la mujer del futbolista Isco y, también, que es activista. Como si tuviera tres trabajos: actriz, esposa y encima activista. A Isco jamás le pondrán que es pareja de Sálamo cuando se relata su trabajo, pero a Sara sí. Aunque ella alcanzara la popularidad mediática antes que su pareja. El mundo del fútbol sigue estancado ahí, donde las mujeres son tratadas de estético satélite de novios y maridos. A veces, incluso se las acusa de los fracasos en el campo de sus parejas. Es el machismo intrínseco del que venimos.

Pero Sara, además, es etiquetada como ‘activista’. ¿Ejerce algún cargo en alguna organización? No, simplemente se le atribuye porque reivindica sus preocupaciones sociales en público. Intenta cambiar el mundo verbalizando sus ideales como una usuaria más de las redes. Pero no es una más: tiene un trabajo público.

Su actitud sorprende, claro. ¿Por qué? Porque es poco habitual que una actriz joven como ella se implique tanto en su día a día. La naturalidad para compartir y denunciar de Sara Sálamo resalta el silencio habitual de una generación de intérpretes que triunfan en la era de Instagram, TikTok o Twitter. Gran parte prefieren guardar silencio. Quizá por temor a que verbalizar las injusticias pueda influir negativamente en sus carreras. Mejor usar las redes sociales como escaparate para venderse a uno mismo desde el posado que busca la hueca ensoñación de la fama. Esa vida aspiracional de viajes, alfombras rojas y sonrisas permanentes. A más likes, más posibilidad de que te contraten en un tiempo en el que la repercusión viral no siempre va unida al talento que atesoras por tu trabajo.

La omnipresente recreación de una felicidad de cartón piedra ha provocado que se haya interiorizado como «natural» que los actores hagan todo tipo de contorsionismos mirando a cámara en sus redes sociales, mientras que se considera como activistas a los que se permiten compartir sus preocupaciones entre foto y foto. No estamos acostumbrados. Aún existen listas negras según aquello que reivindiques en público. Difícil comprometerse en alguna causa, pues se pueden caer proyectos si un directivo siente que el artista pertenece a una malentendida trinchera. También los busca-polémicas pedirán una ejemplariedad tóxica en cada paso que dé la persona que se ha posicionado. Y se lanzarán al linchamiento a golpe de hashtag. La propia Sálamo lo sufre cada mes. Este verano, se destacaron unas fotos suyas en aviones y barcos como incompatibles del discurso ecologista. Se mezcla todo sin matices, sin contextos, sin posibilidad de errores cuando todos somos seres contradictorios. La abreviatura de las redes sociales nos va haciendo olvidar que todo depende de sus circunstancias.

Con estas arenas movedizas, es lógico que haya actores que constantemente se autocensuren en las redes sociales. Y sálvese quien pueda. Entre tanto, ahí está Sara. Trabajo no le falta, pero tampoco compromiso. Lo fácil sería mirar para otro lado. Pero, ante cualquier ideal, más vale intentarlo que conformarse. Siempre. Aunque sea difícil. No está dispuesta a ser enviada a ese machista ostracismo del ‘calladita estás más guapa’. No es una influencer que cree necesitar caer bien al mundo entero, es una actriz que recuerda que desde las posiciones de privilegio mediático y viral se puede visibilizar las realidades que todos no ven porque no todos las sufren. Así también se cambia (a mejor) la sociedad: generando debate. Incluso entre aquellos que no están dispuestos a debatir y, paradójicamente, terminan gastando mucho tiempo de su vida en intentar desacreditar.


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La crisis de ‘Estirando el chicle’ y tres aprendizajes que deja

Grupo M | 30 agosto, 2022

La pantalla desde la que opinamos en las redes sociales se ha ido convirtiendo en una especie de trinchera que propicia que la empatía pueda saltar por los aires. No vemos los ojos de la otra persona y la realidad puede girar en una especie de videojuego en donde la pasión paraliza cualquier forma de entendimiento. O estás conmigo, o contra mí.

La reivindicación es necesaria, pero no sirve de mucho sin el espíritu crítico que permite que nos cuestionemos las controversias que nos remueven y rebusquemos entre sus matices. Digna de estudio es la polémica viral del podcast Estirando el chicle. En el universo viral es un clásico que aquello que es muy aplaudido por su espíritu contracorriente, de repente, pasa a ser muy criticado cuando marca tendencia y ya se siente que habla desde el privilegio. Es el boomerang de la exposición del éxito.

En el caso de Estirando el chicle la polémica nace por invitar al programa a una cómica que ha realizado comentarios tránsfobos durante su trayectoria. Se le da altavoz, pero no se habla de su discurso de odio. Como si se habitara en un mundo de MrWonderful, todo simpatía, alegría y felicidad. Y la indignación implosionó, claro. Porque este podcast se ha reivindicado como espacio seguro para el colectivo LGTBI+, derribando prejuicios, mostrando la diversidad con la naturalidad que merece (y no siempre es habitual en los medios tradicionales) y abanderando causas. Incluso siendo un refugio contra el humor machista y LGTBIfobo, fruto de otra época. Pero aún sigue planeando, porque venimos de ahí. Véanse los gags humillantes contra minorías vulnerables de la cómica invitada.

Primer aprendizaje. Relativizar la contradicción

En las redes sociales da la sensación que hay una parte de los usuarios que han olvidado o desconocen que el periodismo no es escuchar sólo lo que quieres oír, es realizar un retrato despierto de la complejidad social. Pero Estirando el chicle no es un formato periodístico y se ha interiorizado como un show cómico libre de odio. Si has abanderado un compromiso con los oyentes, hay que ser honesto con el discurso con el que has logrado una comunidad de cómplices que se identifican contigo. Más difícil de lo que parece, pues las personas somos contradictorias. Y, a veces, hasta hacemos aquello que denostamos sin darnos cuenta.

Segundo aprendizaje. La irrealidad de Twitter

Los insultos siempre invalidan la crítica, pero también llaman más la atención que los argumentos. Carolina Iglesias y Victoria Martín, creadoras de Estirando el chicle, han sufrido el odio tras dar cobijo en su programa a una cómica tránsfoba. Odio sobre todo de los hater que, paradójicamente, aprovechan la lucha contra el odio para odiar y, de paso, sentirse superiores moralmente. Son los más ruidosos, a pesar de ser minoritarios. Sin embargo, la mayor parte de los comentarios han sido constructivos y abrían un enriquecedor debate. Pero nos fijamos más en lo que indigna que en lo que aporta. Como consecuencia, las redes sociales son a menudo un espejo resquebrajado de la realidad. El trending topic de la burbuja en la que estamos metidos en nuestro Twitter pocas veces es un reflejo de lo que preocupa en la calle.

Mientras que desde las redes parecía que era el final de Estirando el chicle, había un público encontrándose con el podcast completamente ajeno al debate sobre la pérdida de credibilidad del programa.

Tercer aprendizaje. La vida son las segundas oportunidades

El crecimiento personal va unido a atreverse, probar y equivocarse. La propia trayectoria de Carolina Iglesias y Victoria Martín, cada una en su estilo, va muy vinculada a intentarlo. Intentar crear sin demasiado miedo al qué dirán. Aunque quizá eso ahora habrá cambiado. Porque mirar mucho las redes sociales también nos altera, favoreciendo nuevas barreras mentales. Si en 2022 nos sonrojamos con aquellos chistes machistas de los que venimos, dentro de cuarenta años nos abochornará cómo hemos dejado de lado la prudencia de procurar entender los contextos y circunstancias de cada historia. El motivo: es más adrenalínico acudir al enjuiciamiento simplista, conspiranoico y delator que intentar comprender. Por todos, ya seas un hater, un fan o una cómica invitada que prefiere desacreditar a colectivos vulnerables que intentar empatizar con su realidad. Al final, para seguir creciendo y abrazar mejor las nuevas oportunidades se requiere elegir entre irritación o inteligencia. Pero quizá la irritación nos entretiene más que el entendimiento.


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Mercaderes de la mofa: la sociedad entretenida con la furia

Grupo M | 20 agosto, 2022

No siempre elegimos las palabras correctas. Estos días los medios de comunicación nos hemos referido a Borja Escalona como «polémico» youtuber. Aunque, si afinamos bien, más que «polémico» quizá la denominación correcta hubiera sido alborotador o provocador de dolor ajeno. Sus canales de Youtube y Twitch han sido cerrados por la puntilla final. En riguroso directo y mirando con sonrisa engreída a cámara, amenazó a una camarera del establecimiento de Vigo A Tapa do Barril tras pretender no pagar la empanadilla que se estaba comiendo. Intentó asustar a la trabajadora fanfarroneando con que llegaría una factura de 2.500 euros «por hacer promoción», pues estaba emitiendo su gorroneo gratis al mundo desde su canal. Bueno, en realidad, a un puñado de fans a los que, además, empujó a pringar la red con malas reseñas del establecimiento.

Estamos en la época de grabarlo todo. Y también las fechorías se graban por sus propios autores. En modo selfie, orgullosos de sus canalladas. Pero la avaricia de la viralidad ha terminado en empacho para Escalona. Su tono de malo de telefilme y sus intentos de acorralar al personal se han visto por fin fuera de la burbuja de secuaces que le reían la gracia. Y lo que es peor: le hicieron sentir gracioso.

Su actitud ha horrorizado a la sociedad honesta, sus principales canales de difusión han sido cerrados y, ahora, Escalona ha protagonizado otro vídeo llorando. Los ojos empapados de dolor. Lástima que sus lágrimas sean poco creíbles, sobre todo porque él mismo fardó en otra retransmisión de su capacidad para dar penica haciéndose el emocionado. Infame.

Escalona representa el prototipo de gallito de instituto que disfraza sus carencias machacando a los demás, especialmente si siente que son vulnerables. Mujeres, personas mayores… Mercadea con la mofa sin ningún miramiento, sin ápice de reflexión y empatía. En una sociedad que se entretiene con la furia (que critica, pero no para en gastar energía en verla, debatirla y compartirla como mero ocio), algunos escogen el atajo del bullying retransmitido para apuntalar su ego, su hombría y su economía. A veces, las redes son así de obscenas. Porque la sociedad también está compuesta por conductas obscenas.

Los algoritmos eliminan rápido una foto en Instagram que contenga un inofensivo pezón, pero las alarmas no saltan ante ‘streamers’ a la caza del pernicioso percance que les otorgará muchos y morbosos visionados. Los algoritmos no tienen inteligencia emocional, claro. Como consecuencia, los vídeos que normalizan la burla, la amenaza y el acorralamiento fluyen sin demasiados obstáculos. Cuanto peor, mejor. Hay que engordar a la bestia de la popularidad como sea. Y engancha. Todo parece valer, lo que algunos desconocen es que cuando se esfuma la capacidad de diferenciar entre qué está bien y qué está mal, la bestia se suele terminar engullendo a sí misma. Sin escrúpulos no hay apegos, no hay aliados, no queda nadie.



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    01. Escuchas:
    Grupo M Radio

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