‘La noche de Halloween’, digna secuela de un título de culto de psychokillers

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‘La noche de Halloween’, digna secuela de un título de culto de psychokillers

YAGO GARCÍA / RUBÉN ROMERO SANTOS

'La noche de Halloween'

En 1978, Jamie Lee Curtis no era nadie. O, mejor dicho, era algo peor: una ‘hija de’. De Tony Curtis y Janet Leigh, concretamente. A punto de cumplir los 20 y con solo unas pocas apariciones televisivas en su currículum, la joven estaba impaciente por debutar en pantalla grande, con lo cual, al enterarse de que el director de Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) preparaba una película titulada The Babysitter Murders, decidió presentarse al casting.

Le costó tres audiciones, pero finalmente lo logró. Daba igual que aquello fuera una producción de serie B con 300.000 dólares de presupuesto –lo cual le obligó a comprarse su propio vestuario–, que se tratara de una película de terror –un género que nunca le ha gustado: se asusta con facilidad– o que sospechase –con razón– que aquel macarra bigotudo llamado John Carpenter solo estaba interesado en ella por la publicidad que su apellido aportaría a la cinta.

Al fin y al cabo, si su madre aguantó las puñaladas en la ducha de Psicosis, sobrevivir durante una noche a las asechanzas de un psicópata enmascarado tampoco sería tan difícil.

En 2018, Jamie Lee Curtis es… Jamie Lee Curtis. Con una carrera irregular, pero llena de películas de culto, y a punto de cumplir los 60, la actriz tiene una espina clavada: darle una conclusión digna a la historia de Laurie Strode, aquella canguro adolescente a la que dio vida hace 40 años en La noche de Halloween.

Solo se trata de concluir un serial prolongado durante 10 filmes (incluyendo las dos entregas del reboot firmado por Rob Zombie) y cuyo original es uno de los títulos de terror más influyentes de la historia, así como el único slasher conservado en la Biblioteca del Congreso de  Estados Unidos. Tampoco sería tan difícil…

Así, Michael Myers se ha vuelto a escapar –lo cual no dice mucho del sistema de seguridad estadounidense–. Y está muy cabreado. Como para no estarlo con todas las perrerías que le han hecho exprimiendo de manera vergonzosa la franquicia durante cuatro décadas.

La estética de la vigilancia

El filme original, El padrino del cine de psychokillers, era una reflexión sobre el horror estadounidense tras la guerra de Vietnam, el miedo de un país que no se reconocía ante el espejo. El de ahora parece condensar la paranoia post-11S con lo que se ha llamado la estética de la vigilancia (CCTV, alambradas, sacralización de las armas…).

La interesante novedad de esta entrega es que, en lugar de centrarse en el asesino, el protagonismo recae en la saga de las supuestas e indefensas víctimas, tres integrantes de tres generaciones distintas (abuela, madre e hija) de la familia.

De hecho, sintomáticamente, todos y cada uno de los hombres que aparecen en sus vidas son de nula o negativa ayuda. Serán ellas las que tengan que pasar de víctimas propiciatorias a justicieras, en un vuelco al argumento que conecta a la perfección con los tiempos de reivindicación feminista que corren y, también, con la convicción de que el género de terror debe feminizarse para sobrevivir.

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