Crítica de ‘Silvio (y los otros)’: El hombre detrás de la máscara de poder

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Crítica de ‘Silvio (y los otros)’: El hombre detrás de la máscara de poder

IRENE CRESPO Y YAGO GARCÍA (CINEMANÍA)

Toni Servillo es Silvio Berlusconi en 'Silvio (y los otros)'.

Tutto documentato. Tutto arbitrario“. Así empieza Silvio (y los otros), la nueva película de Paolo Sorrentino, el esperadísimo retrato del ex-Cavaliere Silvio Berlusconi. “Todo documentado. Todo arbitrario“. Todo es verdad. Y todo es falso. ¿Qué creer sobre la vida y la personalidad de este hombre que gobernó Italia y transformó para siempre la política de su país?

Después de Il divo o The Young Pope, el cineasta sigue en su afán de explicar los mecanismos del poder. Y tras La gran belleza y La juventud vuelve sobre la preocupación y el miedo a envejecer, a la pérdida de la belleza con el paso del tiempo. Sorrentino dice que no se trata de una película política, sino de “un retrato emocional de Berlusconi“. El director italiano la ideó hace ocho años, cuando Il Cavaliere seguía en el poder; y, como el resto, estaba entre fascinado y desconcertado con el gran plató en el que el político había convertido Italia.

“Berlusconi trajo los códigos del show business y sustituyó valores claves como comunidad, educación o sanidad por ilusiones”, dice Toni Servillo, con quien Sorrentino ha trabajado por quinta vez. “Es el único actor capaz de cargar el peso de un personaje tan complejo; tanto, que jamás lo entenderemos”, afirma el cineasta sobre Servillo.

Centrado en los años del máximo apogeo del “bunga, bunga”, entre 2006 y 2011, cuando Berlusconi aún campaba a sus anchas por Italia y aborrecía a chistes a sus homólogos en las cumbres internacionales, este filme es un esfuerzo por desentrañar su ego, sus aires de diva con los que reírse y morirse de la vergüenza al mismo tiempo.

Esta es una película llena de fiestas, de velinas (presentadoras de televisión), claro, y de música pachanguera (oirás hasta el Aserejé) sobre el hombre que lo dominó todo, así como sobre todos aquellos que lo rodearon, que quisieron ser como él. Dado su ajuste de cuentas con Giulio Andreotti en Il divo –entre lo mejor de su filmografía hasta para sus detractores, que los tiene a pares–, cabía suponer que Sorrentino se quedaría igual de a gusto despachándose con Berlusconi. Pero Silvio (y los otros) no cumple con esas expectativas.

El problema está, para empezar, en que este filme es en realidad un resumen de dos largometrajes sobre el ex primer ministro de Italia: uno protagonizado por un empresario de provincias (Riccardo Scamarcio, John Wick: Pacto de sangre) empeñado en convertirse en su proxeneta oficial a base de farlopa y fiestones de nivel Jay Gatsby; el otro, centrado en el propio Berlusconi y su decadencia física, política y matrimonial.

Esta fusión le cuesta casi una hora al total del metraje, lo cual –suponemos– acentuará la descompensación entre el exceso felliniano de una línea argumental y el drama doméstico de la otra. Hay otro matiz: a fuer de criminal y nauseabunda, la de Andreotti era una figura bigger than life cuyos hechos, estilizados por el cineasta italiano, se leían como un thriller o una película de terror. Al exponerse a esa misma estilización, en cambio, la talla de Silvio Berlusconi se ve reducida a aquello que dan a entender Sorrentino y su actor fetiche en la mejor escena de la película: un vendedor de pisos venido a más.

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